Echo de menos mi banjo. Lo dejó listo hace unos días pero ayer Xarim probó una afinación distinta y el clavijero estaba tan desnutrido que se desmayó. No sabíamos qué darle así que lo hemos vuelto a llevar al doctor y ahora le van a hacer un transplante de clavijas. No encuentran de las suyas a precios asequibles, así que me temo que vamos a crear un Frankenstein, y PomPom va a ser además del banjo más corto, bastardo y peculiar del mundo, un banjo con dedos de guitarra.
Tiene mi corazón... Es rudo y endeble, histriónico y dulce, agresivo y melancólico en el porche, alegre y borrachuzo con una cerveza en la mano y un público jaranero. Es un árbol seco que se resiste a morir, un banjo es un instrumento subnormal que se niega a ser menos y por tanto hace lo que puede con lo poco que Dios le dio, y grita más que nadie porque no sabe cantar,
invoca a la tierra porque los dioses no le escucharían, y llora como un niño pequeño porque no tiene ninguna manera de defenderse. No tiene recurso alguno, no puede decir mentiras, no puede esconderse o camuflarse, sólo puede ser lo que es y por eso amo a este bicho débil y feo, limitado y contrahecho, un palo y un cubo con el que nadie hizo un milagro.